martes, 17 de noviembre de 2009

Era noviembre

Era noviembre cuando el sol
comenzó a dibujar tu rostro,
cuando a falta de nombre
te puse el de una estrella.
No importaban las hojas en el suelo,
el nombre ajado de la luz,
tampoco el verso dolorido
que lentamente entraba en los pulmones
ni el reinado callando del ciprés.
Eras tú quien triunfabas
sobre nostalgias y cenizas,
sobre reflejos y minutos
que en vez de al tiempo
se marchaban contigo.

viernes, 30 de octubre de 2009

Tarde de domingo

También entonces descendía la tarde. También los cielos se vestían de morado y las horas se marchaban por el horizonte con paso sigiloso. Mas nada de eso importaba. Con las veinticinco o treinta pesetas que lograbas reunir de la colecta familiar del domingo, te creías con el poder suficiente para satisfacer cualquier capricho. No era demasiada la cantidad, pero bastaba para conseguir esa sonrisa que un mínimo poder económico, vedado el resto de la semana, es capaz de hacer aflorar en el rostro de un niño.

También entonces los árboles comenzaban a desnudarse y las hojas volaban sobre tu cabeza. También la nostalgia barría las calles y la luz mordía el alma. Mas tampoco importaba. La tarde era un pájaro libre para el juego y el capricho de unas golosinas. Allí estaba la tía Bolera y su eterno negro en un rincón de la plaza, con su puesto de pipas y chucherías, con su mirada detenida en quién sabe qué dolor o primavera. Era el día de asomarse al kiosco del Ángel para ver si había conseguido nuevos números del Capitán Trueno, o, tiempo después, al puesto del tío Cándido, mucho más surtido que el de la tía Bolera a la que acabaría por desplazar para siempre, que cada domingo venía, acompañado por su mujer, en su motocarro desde un pueblo cercano. El balón, los saltos o la bici quedaban para el resto de la semana. El domingo, no. El domingo había que vestirse de domingo y llegar lo más limpio posible a casa. El domingo era el día de hacer una visita a la confitería del tío Felipe y acceder a esos enormes tarros de cristal repletos de caramelos, o a la tienda de ultramarinos “La Argentina” del tío Guillermo, que se turnaba detrás del mostrador con su mujer y sus tres hijas, para probar uno de esos tronkitos que acababan de llegar, o el tigretón o la pantera rosa que vendrían después, y, de paso, a comprar los sobres de esas colecciones de cromos que nunca terminabas de completar.

También entonces las sombras te sorprendían a cada esquina, mientras un olor a churros llenaba la plaza y un hombre caminaba de vuelta a su casa con la radio pegada al oído, escuchando “Carrusel deportivo”. Pero tampoco importaba. Era la hora del cine, y las luces de colores que ribeteaban la pantalla, antes de la proyección, te anunciaban la llegada de un nuevo universo en el que pronto te sumergirías. En ese río de luz que venía de lo alto, parecía encontrarse la clave del misterio, de la vida que comenzaba a latir en la pantalla y a la que sólo podías tener acceso si mantenías los ojos fijos en ella. A la salida, aún con el pensamiento anclado a la película, ya la luna reinaba en todo lo alto y sellaba como definitivas las horas pasadas. Pero no importaba. Todavía las pinceladas del tiempo no habían comenzado a pintar el alma, el alma niña.

jueves, 29 de octubre de 2009

Y ya las hojas











Desde enero sin verte y ya las hojas
cubriendo bancos, calles
y el sueño donde habitas.
No imaginé que este otro tiempo
también te alejaría,
que te ibas a vestir
con los galones del recuerdo,
tú que ya estabas en la altura
de una mirada.
Y ahora ni en esta luz donde buscarte,
ni en estas ruinas de las horas,
que te visten de olvido.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Tras la lluvia











Este silencio tras la lluvia,
la pureza del alma y los colores
y acopio de quietud,
colmados los sentidos.
Estos cantos que nacen,
este sol que ya asoma
y que nombra las cosas
con palabras divinas.

martes, 27 de octubre de 2009

Ensayo












Es hermoso este coro de gorriones,
siempre el mismo pero distinto canto,
improvisado en la mañana
o en las horas sin dueño del atardecer.
Cómo revolotean y pellizcan
el alma hasta encauzarla
en un río sin tiempo.
A veces callan
y aflora el pensamiento entonces
en busca de la trama de las horas
o de la vida misma.
Desazón al sentir cómo se marcha
ese ensayo de lo infinito
que por unos momentos ha traído
el alma pura de las rosas.
Mas calla, que de nuevo asoma.

lunes, 26 de octubre de 2009

¿Quién rompe ese silencio?













¿Quién rompe ese silencio,
el sagrado momento de la creación,
pequeños universos que cada día crecen
en sagrarios maternos?
Dijo Dios: “Hagamos al hombre”,
y desde entonces comenzó a soplar
cada día pequeños trozos de barro,
con su aliento divino,
con su aliento de vida,
con sus leyes divinas
que la razón conocería.
Quiso dejar al hombre al cuidado de aquel proceso,
para que velara su obra
y participara de ella,
que tuviera en sus manos
aquella diminuta eternidad
que lloraba y reía,
aquel pequeño ser
destinado al tiempo y la gloria.